Así como el bisonte más débil de su manada se rinde y sacrifica ante el león en un contrato álmico que permite el flujo armonioso de sus vidas, el león solo toma de su entorno la cantidad necesaria de nutrientes para su supervivencia. La armonía natural que fluye entre las naciones de animales tiene un ritmo perfecto y pacífico donde los recursos son fuente de vida, no de destrucción.

Los animales son maestros que vienen a la tierra a enseñarnos las virtudes que a los humanos nos cuesta tanto alcanzar. Virtudes que nacen del amor incondicional que existe en el silencio más allá del silencio. Ellos funcionan bajo una inteligencia divina de la cual los humanos también somos parte, aunque nos hayamos separado y nos cueste mucho entender.

Bajo esa inteligencia divina, una tortuga no se come una bolsa de plástico pensando que es una medusa, ella sabe exactamente lo que es. Sacrifica y entrega su vida por un bien mayor, y sufre un inmenso dolor con el fin de despertar nuestra conciencia. Una conciencia colectiva que necesita con urgencia volver al amor. Es un camino individual, en el cual no tenemos nada que hacer, solo ser. Y en el momento en que solo seamos, lo que verdaderamente somos, es decir: amor; no tendríamos la necesidad de luchar, ni sufrir, ni llorar la destrucción de nuestro planeta. Porque siendo solo amor, la manifestación de nuestros pensamientos y comportamientos le abrirían el camino al ritmo mágico, divino, perfecto e independiente de la naturaleza.

[Cosas que pienso cuando me desvelo]